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| - Me sentí extrañado (y algo incomodado) cuando mi dibujo fue interrumpido por aquel desconocido hombre que se sentó a mi lado izquierdo, en la banca del solitario parque. Distinguí entre sus ropas algunos instrumentos de dibujo: una libreta similar a la que ahora era usada por mí se encontraba en el bolsillo de sus pantalones y varios lápices habían sido colocados en el bolsillo izquierdo de su desaliñada camisa. Parecía tener alrededor de treinta años (cifra similar a mi propia edad), pero no pude detallar mucho, puesto que me vi forzado a voltear el rostro ante la curiosa y divertida mirada que dirigió hacia mí. Decidí ignorarlo y seguir dibujando. - Me parece que te gusta dibujar, ¿No? -¿No me digas? ¿En serio te diste cuenta de eso? Has de ser un genio... Este tipo acaba de llegar y ya me cae mal. Pero es un dibujante, supongo, por las cosas que lleva encima... Bueno, esa deducción de mi parte tampoco fue muy genial. - Y veo que eres muy bueno en eso, hombre. - Ah... Gracias, supongo. -Poco a poco me iba poniendo más nervioso, ansioso. - ¿Sabes? A mí también me encanta el arte. Es una forma de escape del mundo real para muchos, pero para mí... Es una forma de hacer que la imaginación escape al mundo real. Quizás no lo entiendas bien... -Efectivamente, me costó un poco entender eso. Pero me pareció interesante... Ahora, sin evitarlo, me puse a temblar. - Hay personas que dan el arte como su vida. -Y hay otras que dan su vida como arte. ¿Curioso, no? Me quedé callado. Esa forma de hablar me llamaba la atención... Y me sentía bien con sus líneas. Por un largo silencio (a mi parecer, pues pudieron haber sido sólo unos segundos), ambos observamos la naturaleza de alrededor. - Conozco una historia muy interesante, de hecho, sobre un pintor que pensaba de esa forma. Tengo tiempo, no hay mucho que yo haga, así que te la contaré. -No pude dar objeciones al hombre, puesto que ya había comenzado su relato. Abrí mucho los ojos mientras observaba al apacible hombre. La conversación se me hacía cada vez más incómoda, mis ansias crecían y empezaba a sudar frío. Como pude, retuve la nerviosa sonrisa que amenazaba con formarse en mis labios, pero al parecer esto no pasó desapercibido para mi interlocutor. - ¿Pasa algo, hombre? -Me interrogó. Negué con la cabeza, y le pedí que continuara. Ya no era mi dibujo mi principal interés. Como decía -Prosiguió-, el hombre tomó una vieja daga y pasó todo lo que restaba de la luz del día afilando su hoja a la perfección. Para cuando cayó la noche, su tarea comenzó. - Es una historia algo triste... ¿Verdad? -Dije, por fin dejando de temblar y tranquilizándome, por alguna extraña sensación de calma que surgió entre los dos. - Ciertamente. Dos amigos que terminan de esa forma... -Respondió. Miré cómo el viento jugaba con su cabello desaliñado, mostrando así la pequeña cicatriz en su cuello. - Pero... Dime, ¿qué pasó con la pintura? - Eso me lo debes responder tú, Enrico. Nuevamente, el silencio se dio entre ambos, mientras me levantaba y sacaba mi fiel daga de entre mis ropas, mirando a ese hombre con el único ojo que me quedaba. Él se levantó igualmente, con la sonrisa que recordaba que me mostraba cada vez que necesitaba su apoyo, cuando éramos jóvenes. No sé cómo no le reconocí. - Bueno. -Le dije, mirado con tranquilidad cómo sacaba un cuchillo de entre sus ropas -Ya está casi terminada, pero aún falta la sangre de alguien más para hacer las espinas; y esa es la parte más importante; necesito a esa persona que escapó aquella vez... Mi mejor amigo. - ¿Qué nombre le pondrás, si lo logras? -Me dijo, con un toque de burla en su voz, mientras una sonrisa más abierta deformaba su rostro y con ello, la cicatriz en su mejilla izquierda. Maxwell siempre me hablaba así cuando sabía que yo no podía hacer algo... Eso me enoja. - ... No estoy seguro. Pero creo que el nombre de la rosa que usé como musa es perfecto. - ¿Y ese nombre es...? -Un semblante más serio se coleaba en su rostro, mientras me miraba con curiosidad. - La Locura del Pintor.
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