Cruzas la pradera. Al otro lado hay un campo pelado cubierto de alambre de espino y, a juzgar por los boquetes y los cuerpos despedazados, sembrado de minas antipersona. Te das la vuelta. Te vuelves a la casa. Al fin y al cabo la vieja era muy cariñosa. Estás haciendote polvo otra vez con los cardos borriqueros, cuando una luz cegadora aparece ante ti: Comenzar otra vez - Play again
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