| abstract
| - Eran esas las palabras que mi abuela repetía una y otra vez durante las altas horas de las heladas noches, oscuras y silenciosas, en las que el único sonido que rompía el ambiente era el provocado por las constantes vibraciones de mi celular y alguna que otra risa que se me escapaba de los labios, cuando un mensaje era lo suficientemente cómico como para no aguantar. Era aquel un martes en la tarde, y me encontraba en el lugar más aburrido y agotador de todos: la escuela. Cursaba primer año de preparatoria, así que no contaba la ilusión que me daría el que faltara poco para dejar de estudiar. Como todo día, el timbre de la salida sonó y todos salimos apresurados y eufóricos por volver cada quien a casa. En mi caso, tuve que abordar un colectivo (o microbús) para volver, lo que me dejaba aún más cansado que en un principio. Apenas llegando a casa, comenzaba con mi "relajación" rutinaria: chateaba con mi novia por el celular, me entretenía jugando videojuegos y luego me retiraba a dormir... Ja, claro. En realidad, me quedaba chateando a altas horas de la noche, vagando en Facebook y otras redes, como cualquier chico de mi edad. Sin embargo, siempre mi paz era alterada cuando mi abuela pasaba cada noche enfrente de mi cuarto, y la puerta entreabierta no ayudaba a ocultarme. Cerrarla no era una opción, ya que ella siempre la abriría para descubrirme y repetirme esas tres odiadas palabras: "Apaga ese celular". Pero hoy... Hoy fue distinto. Para la hora en la que ella tendría que pasar, aproximadamente las diez u once de la noche, por más que agudicé el oído nunca oí sus pasos. Sorprendido, aproveché la situación para relajarme un poco más en la oscuridad de mi cuarto; sólo la luz de mi celular iluminaba mi cara, dándome visión únicamente de la pantalla, nada más. Eran alrededor de las doce y media. Una sensación extraña recorrió mi cuerpo, aquella que te dice que alguien está contigo, y peor, mirándote fijamente, examinándote. Escuché con sobresalto cómo mi puerta se abría por completo... Pensé por momentos "vaya, ya se había tardado mucho", en referencia a mi abuela, por lo que pregunté al aire si era ella. No hubo contestación. Iluminé con la luz del celular alrededor mío, pero no parecía haber nadie en la habitación. No soy muy temeroso, pero por alguna extraña razón eso me puso la piel de gallina. Con el frío recorriéndome hasta la punta de mis dedos, me levanté y encendí la luz de mi cuarto, fijándome en el pasillo de afuera; este conectaba con la mayor parte de los cuartos de la casa. No había nadie, por lo que cerré la puerta. Esta vez, un aire gélido invadió mi cuarto; me llenó un profundo temor por apagar la luz, pero no me quedó de otra que hacerlo. Esta vez, corrí hacia mi cama, me oculté entre mis sábanas y apagué mi celular. Como siempre, despierto a las ocho de la mañana, aún un tanto incomodado por la noche anterior, y lo primero que veo no me tranquiliza: la puerta estaba nuevamente abierta de par en par, y mi celular estaba tirado frente a la misma. No tengo hermanos, pero si los tuviera, juro que les enseñaría quién manda por jugarme tal broma... pero no era el caso, así que una broma no era una explicación. Luego de darle vueltas y vueltas al asunto, nunca encontré explicación razonable, así que decidí que lo mejor era dejarlo de lado y seguir con mi día. Por muy extraño que parezca, apenas encendí mi celular, sentí como si alguien o algo me acechara, esperando para dañarme. Un frío inmenso me invadió al sentir aquella mirada... Todo mi día fue un asco. Ya a la noche, apenas y le contesté los mensajes a mi novia, pues esa sensación de "compañía" persiste cada vez que toco el aparato. No le he comentado nada a nadie, pues creerían que enloquecí y se reirían. Esta noche, con el temblor y el frío en carne propia, ocupo mi celular... Hoy mi abuela pasó como siempre, un tanto temprano, aunque añadió algo más a su usual frase. "Enloquecerás con ese celular", dijo. "Algún día, el Diablo te va a aparecer allí". Ella es una mujer de pueblo; esa creencia rara era conocida por mí. Por supuesto, negué lo que dijo diciéndole que eran supersticiones. Dieron las diez de la noche y ya no soportaba más: no sabía cómo calmar el miedo, creciente como la sensación de cercanía con "esa cosa". No noté cuándo, pero la puerta se había cerrado por completo y escuché el pomo girar lentamente. Alarmado, iluminé en su dirección con mi celular, pero pareció ser la peor decisión que tomé: la manija empezó a moverse con violencia apenas la luz llegó hasta ella. Lo único que me vino a la mente fue lo que hice: gritar, gritar con todas mis fuerzas y en desesperación. Escuché los interruptores de la luz pasarse fuera de mi habitación, y posteriormente, los pasos apresurados de mis padres al venir hacia mí. Los segundos se me hacían eternos entre el pánico; no podía con el terror y con la intriga, causada por pensar en quién o qué estaba intentando entrar, y en qué haría si lo lograba. Repentinamente, la luz del pasillo se encendió: en ese instante, lo que sea que estuviese ahí dejó de forzar la puerta. Mis padres tuvieron que buscar las llaves para abrirla, y claro está, ellos me culparon a mí de causar un "espectáculo". Mi abuela explicó que ya estaba loco por tanto usar el celular. Mientras ellos me regañaban, yo no salía de mi asombro: mi mente no alcanzaba a responder quién o qué pudo ser. Al final decidí calmarme; me amenazaban con quitarme el teléfono si seguía. Mi familia salió del cuarto, dejándome solo en la oscuridad nuevamente. Era alrededor de la medianoche cuando traté de encender mi celular nuevamente (vaya adicción) para contarle lo sucedido a mi novia; pero todo volvió a suceder. La puerta se bloqueó nuevamente, y el pomo comenzó a agitarse. Esta vez, tembloroso, entre lágrimas y ahogado por un nudo en la garganta, di un murmullo que rozaba la valentía con la estupidez: "No seas tonto; no podrás entrar si cierras la puerta". Fue en ese horrendo momento de tensión en el que, luego de un extraño silencio, escuché aquella voz espeluznante susurrar una frase entrecortada a mi oído... "Yo ya estoy adentro." Han pasado varios días desde aquel incidente, y me trajeron a este lugar; a veces puedo ver a mis padres llorar al otro lado de un vidrio mientras me observan. Sólo alcanzo a repetirles, ya sin fuerzas, "no estoy loco". Las medicinas no me dan oportunidad para moverme, y me han quitado el poder de la voz. Cada cierto tiempo viene mi abuela a visitarme, y siempre me dice lo mismo, una y otra y otra vez: "'Apaga ese celular". Pero ya no me molesta. Lo que sí no soporto es a esa cosa, a la par mía siempre, hablándome con aquel tono espeluznante a pesar de que nunca le he podido ver. No sé cuánto más he de aguantar, así que tomé el papel y el bolígrafo que me dieron para dibujar y entretenerme para escribir mi historia, y advertir a todo el que lo lea una cosa: no están solos. Él me dijo que hay más como él, en cada aparato, esperando a que piense en ellos... "Cuanto más piensen en nosotros, más nos atraerán, decía. Lo que jamás voy a olvidar, cosa que mi abuela repite y él me dice cada vez que termina de hablarme, son aquellas tres palabras: "Apaga ese celular". Categoría:Otros
|