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| - Alice, una niña de bajo linaje, una campesina a la que sus padres apenas podían mantener, jugueteaba con los charquitos de agua que habían ido dejando las lluvias de ayer. Elisabeth, su hermana mayor la miraba desde la ventana de la pequeña choza de madera mientras preparaba la pobre cena con la que podían contar. Sus padres acababan de llegar del mercado, sin mucha suerte, por desgracia. El cansado padre se sentó en la mesa y enterró las lágrimas bajo las manos, al lado de su silla yacía la mitad de la cosecha. La madre, no habló en toda la cena. Elisabeth tampoco fue una excepción, fue una estatua inmóvil a la que apenas se la oía respirar.
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| - Alice, una niña de bajo linaje, una campesina a la que sus padres apenas podían mantener, jugueteaba con los charquitos de agua que habían ido dejando las lluvias de ayer. Elisabeth, su hermana mayor la miraba desde la ventana de la pequeña choza de madera mientras preparaba la pobre cena con la que podían contar. Sus padres acababan de llegar del mercado, sin mucha suerte, por desgracia. El cansado padre se sentó en la mesa y enterró las lágrimas bajo las manos, al lado de su silla yacía la mitad de la cosecha. La madre, no habló en toda la cena. Elisabeth tampoco fue una excepción, fue una estatua inmóvil a la que apenas se la oía respirar. A la mañana siguiente, los padres volvieron al mercado con la esperanza de que el nuevo día, les trajera algo bueno a ellos también. Elisabeth y Alice volvieron a quedarse solas en casa una vez más. Pero algo pasó. Los cobradores de impuestos pasaron por el pueblo antes de lo que solían, dando voces y apaleando a todo aquél que se negaba o, simplemente, no podía pagar. La puerta de su casa se abrió de un golpe seco. Cuatro soldados y un cobrador atravesaron el triste umbral. Elisabeth, indignada, clavó sus impenetrables ojos azules en el cabecilla de esa manada de lobos hambrientos: - ¿Qué queréis?- dijo, aún y sabiendo ya lo evidente. - Los impuestos. Ya. - No podemos pagarlos. Ha habido mala cosecha y…- el cobrador golpeó a Elisabeth en la cara haciéndole retroceder sobre sus pasos, pero la mirada de ésta no se apaciguó. - Mañana, ni un día más.- los soldados cogieron a la temblorosa Alice- O no volverá a ver la luz del amanecer. Y esa mañana, se llevaron a la pequeña Alice, ante la desoladora mirada de su hermana mayor, que sin dudarlo, corrió a ver a la bruja del pueblo a venderle lo único que ella poseía y que estaba segura que la condesa no podría rechazar. Alice se despertó en una oscura y húmeda celda. Miró, todavía temblorosa, a ambos lados y descubrió a una niña en una esquina, hecha un ovillo y excesivamente delgada: - ¿Crees que vas a volver? ¿No sabes por qué estamos aquí? - Tú, no sé. Pero yo estoy aquí por los impuestos. - Si… a todas les dice lo mismo. - ¿A qué te refieres?- la niña, se arremangó uno de los extremos rasgados de las manga de vestido y dejó al descubierto una horrible marca de cuchillo en el antebrazo. - La condesa se hace vieja…- explicó- Cree que la sangre de una doncella joven, tonifica y da firmeza a la piel.- Alice palideció. - ¿Os quita la sangre…?- balbuceó. - Éramos siete doncellas que “íbamos a entrar a trabajar en el castillo”. Solo quedo yo.- hizo una breve pausa- No creo que sobreviva a su próximo baño. Un soldado abrió la puerta de la celda con un horrible chirrido y señaló a la niña paliducha, que se levantó tambaleándose: - Adiós.- sonrió la muchacha por última vez. Al cabo de unos minutos, un grito desgarrador se clavó como un puñal ardiente en la mente de Alice, después, silencio. La voz áspera de un soldado la despertó de la más profunda agonía. La conducían a la libertad. Alice no levantó la vista del suelo hasta llegar al salón donde la condesa atendía a sus invitados. Allí arrodillada se encontraba la bruja del pueblo que le entregaba a la condesa un jarrón de barro enorme que goteaba…sangre. Apartó la vista casi al instante y una arcada le recorrió las entrañas. Cuando por fin llegó a su casa, el ambiente fue peor. Su padre volvió a enterrar las lágrimas entre sus ásperos y bronceados dedos y su madre sostenía un vestido de Elisabeth entre sus manos. Con delicadeza, la madre se volvió hacia Alice y le acarició suavemente la cabeza: - ¿Dónde esta Elisabeth, mamá?- susurró la voz tartamudeante de Alice. - Lejos, lejos de verdad. Alice lo entendió todo, su hermana había dado su sangre a cambio de su vida, y ni siquiera se había dado cuenta. Categoría:Vampiros
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