About: dbkwik:resource/NPGkB0aVBPU_dN8T21v3LQ==   Sponge Permalink

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  • Relato No Oficial Lobos Espaciales: El Brujo
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  • –"¡Maldito!" –decía mi abuela clamando al cielo–. "Este niño ha sido maldecido por el espíritu de Wulfen. ¡A la hoguera! ¡A la hoguera con él!". Su huesuda mano me cogió del tobillo y tiró de mí, arrastrando los restos de la placenta todavía agarrados al cordón umbilical. Salió de la casa cojeando, seguida por la matrona que había asistido en el parto: una mujer fea y gorda cuya pronunciada chepa le confería un aspecto grotesco. Pronto salieron los vecinos para sumarse a los repudios, escupiéndome y maldiciendo. –"¡Quemadlo!" –decían algunos–. "¡Demonio!" –afirmaban otros.
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  • –"¡Maldito!" –decía mi abuela clamando al cielo–. "Este niño ha sido maldecido por el espíritu de Wulfen. ¡A la hoguera! ¡A la hoguera con él!". Su huesuda mano me cogió del tobillo y tiró de mí, arrastrando los restos de la placenta todavía agarrados al cordón umbilical. Salió de la casa cojeando, seguida por la matrona que había asistido en el parto: una mujer fea y gorda cuya pronunciada chepa le confería un aspecto grotesco. Los restos sanguinolentos que cubrían mi piel desnuda, el poco pelo que tenía y la placenta, arrastrándose por la nieve como un despojo tembloroso, se congelaron inmediatamente por el gélido clima de Fenris. Todo ello, unido al desproporcionado tamaño de mi cabeza, me confería un aspecto monstruoso y diabólico. –"¡A la hoguera! ¡Maldito demonio!" –gritaba mi abuela, acompañada por la matrona, mientras deslizaba sus pies renqueantes, avanzando a través del pueblo hacia la casa del jefe–. "¡También ha matado a su madre el muy degenerado!". Pronto salieron los vecinos para sumarse a los repudios, escupiéndome y maldiciendo. –"¡Quemadlo!" –decían algunos–. "¡Demonio!" –afirmaban otros. Cuando llegaron a la casa del jefe, el clamor había alertado a los allí reunidos, que esperaban, con las puertas abiertas, horrorizados ante la visión de aquel engendro. Mientras tanto, arrojaban más leña a la hoguera para avivar el fuego. –"¡Tiene la maldición de Wulfen!". "¡Quemadlo!". "¡Que sufra! ¡Asesino de madres!". "¡Malnacido!". "¡Muere, demonio maldito!". –El griterío era ensordecedor, la falla ardía con fuerza, mi fin se acercaba. La abuela se aproximó a la pira, llorando y balbuceando, dispuesta a arrojarme a las llamas crepitantes que consumirían mi cuerpo. Pero su cojera la traicionó en el último momento: cansada como estaba tras llevarme a cuestas, tropezó al lanzarme y cayó hacia adelante, aterrizando con su vieja cara en las brasas ardientes. Sus ancianos brazos no le permitían levantarse y nadie se atrevió a ayudarla. La sorpresa apagó el griterío de la muchedumbre y dejó paso a los chillidos agónicos de mi abuela, mientras se le abrasaban los ojos, la cara y finalmente el cráneo, hasta quedar chamuscado como un carboncillo en un charco oleoso. En ese momento me quedé sin familia. Sólo cuando mi abuela murió y sus alaridos cesaron, la gente escuchó el lamento del niño. La vieja había errado el tiro y mi cuerpo yacía fuera de la hoguera. Cuando todos me buscaron con la mirada, encontraron a Erik, el brujo, que se había colocado sobre mí, protegiéndome entre sus piernas. –"¡Atrás!" –dijo con voz fuerte y decidida–. "¡Si matamos al crío, la maldición de Wulfen azotará este pueblo! Ya habéis visto qué le ha pasado a la anciana". –"Entonces echémoslo y que se muera de frío" –respondió uno de los allí reunidos. –"¡Lo mismo pasará si lo abandonamos!" –advirtió rápidamente Erik, sin dejar que la idea se extendiese–. "Yo adoptaré a este niño y lo mantendré con vida, es la única forma de aplacar la ira de Wulfen. Pero el chico debe crecer aquí, entre nosotros, hasta que Wulfen considere que hemos superado la prueba y decida irse a otro lugar con su maldición". La muchedumbre permaneció callada y pensativa, ya que nadie conocía mejor el mundo de los espíritus que aquel hombre. Su imagen infundía respeto y temor. Sus ojos, cada uno de un color, miraban a lugares diferentes: mientras el negro observaba a los hombres, el azul vigilaba a los espíritus. Su pelo era blanco como la nieve, la barba roja como el fuego. De su cuello colgaba un talismán rúnico, y en su cinto portaba brebajes místicos. A la espalda reposaban sus dos venerables espadas, listas para el combate. Lanzó una mirada al jefe del pueblo, Jon, al que tanto había ayudado con sus premoniciones, pociones y ungüentos. –"¡Entonces asunto zanjado!" –dijo el corpulento líder con su potente voz–. "Erik se hará cargo del niño para proteger el pueblo y nos avisará cuando Wulfen se haya ido… ¡Y ahora salid todos de aquí y volved a vuestras casas! ¡No quiero más problemas!". El brujo había percibido algo especial el aquel chico, sin duda estaba tocado por los espíritus. Por eso lo había protegido y adoptado. La maldición de Wulfen no fue más que una excusa. Erik me crió mitad como padre y mitad como maestro. Desde pequeño me enseñó el lenguaje de las runas y aprendí a leerlas y a escribirlas. Más adelante me adiestró en el manejo de las dos espadas y me transmitió sus conocimientos del arte de la alquimia, que incluían la preparación de pócimas, bombas y lociones. Finalmente, y una vez que consideró que yo estaba preparado, me entrenó en el dominio del mundo de los espíritus y me permitió la libre lectura del Grimorio de la Brujería, donde se recogía toda la sabiduría transmitida a lo largo de los siglos por incontables generaciones de brujos. A todas estas enseñanzas, a las que debía dedicar mucho tiempo, se sumaban todas las tareas cotidianas que debía desempeñar como cualquier otro muchacho del pueblo, con lo que disponía de poco tiempo para relacionarme con otros chicos. Además pesaba sobre mí la supuesta maldición de Wulfen, que despertaba rechazo y desconfianza entre los aldeanos. Así pues crecí como un marginado y un maldito. Durante mi infancia, los niños no querían jugar conmigo y muchas veces se reían de mí, lo que provocó más de una pelea. Cuando llegué a la adolescencia no contaba con ningún amigo y, por si fuera poco, las mozas del pueblo me evitaban. Durante años tuve que resignarme a ver cómo los muchachos y las muchachas se embriagaban juntos, reían y se manoseaban en la taberna, dejándome a un lado. Mientras las parejas de enamorados buscaban cualquier escondite para retozar, sentir el calor de sus cuerpos y entregarse al fornicio, yo me dedicaba al onanismo de una forma salvaje y degenerada, siendo ésta la única forma de mantener a raya mi lascivia. –"¡¡¡Jajajajajajajaja!!!" –se oyó estruendosamente al unísono en torno a la hoguera. Heimdal Erikson prosiguió su relato, esforzándose por mantener la solemnidad a pesar de su incipiente sonrisa. No caté hembra hasta bien entrado en años… Había una muchacha, Brunhilda. Al igual que yo, había quedado huérfana desde pequeña. Era una chica alegre y abierta, que se había entregado a todos los demás jóvenes del pueblo y a varios adultos, lo que había generado rencor entre algunas mujeres. Era bella y la podía observar sin temor, ya que, a diferencia del resto de féminas, que rehuían mi mirada o la contestaban con gestos de desagrado y repulsión, ella parecía halagada y ruborizada. Normalmente no hablábamos apenas, pero en alguna ocasión había sido simpática y coqueta conmigo. Fue una noche de fiesta. Todos los habitantes del pueblo nos hallábamos en la casa del jefe, habíamos devorado un jabalí asado y hacía ya largo tiempo que la bebida corría por nuestras venas. Como de costumbre, me había quedado solo en una mesa apartada cuando Erik y otros se habían levantado para charlar y bailar. Observaba taciturno las llamas de la hoguera donde mi abuela había muerto al intentar asesinarme años atrás. Brunhilda se acercó por mi espalda, portando una gran jarra de fresco hidromiel. Noté sus hermosos pechos aplastándose contra mi hombro, sus cabellos rizados y dorados como el trigo acariciándome la mejilla. Me embriagué con su aroma de mujer. –"¿Quieres más hidromiel, Heimdal?" –preguntó mientras se giraba para mirarme de cerca. Sus ojos eran azules como los lagos de Undvig, sus dientes blancos como la cima del monte Abatoth. –"Sí… Gracias Brunhilda" –logré decir, sin duda ayudado por el alcohol. Ella rió suavemente y comenzó a llenar mi cuerno con delicadeza. –"Espérame en los establos" –me susurró al oído cuando acabó de servirme. Se irguió para alejarse, dedicándome una última sonrisa por encima del hombro cuando me descubrió observando su rotundo trasero mientras caminaba sensualmente. La presión en mi verga, que luchaba con el pantalón intentando expandirse, había ido en aumento desde que la muchacha se había acercado. Cómo sería, que el hilo de las costuras comenzó a rasgarse, cediendo ante aquella fuerza imparable. Bebí de un trago el espumoso líquido que Brunhilda me había servido y me dirigí con paso decidido hacia los establos. Por el camino me asaltaban las dudas y el temor: ¿estaría hablando en serio, o se trataría de una broma? O peor, ¿no sería una treta del grupo de muchachos, que pretendían humillarme? No estaba seguro de lo que iba a pasar, pero sí tenía algo claro: merecía la pena intentarlo. Cuando llegué al establo, el edificio estaba a oscuras. Al entrar, tras haber caminado a la intemperie, azotado por el viento y la nieve, tuve la sensación de que el lugar estaba caliente, pero no sé si era debido al calor de los animales que me rodeaban o al ardor que yo sentía por dentro. Mientras me asaltaban la mente escenas obscenas de todo tipo, me dediqué a encender una de las antorchas para romper aquella negrura. Poco después Brunhilda entró en el establo. Portaba una larga capa de piel de reno para protegerse del frío. Cerró rápidamente la puerta tras ella para evitar que entrase la nevisca. Me acerqué a su lado, parándome a dos pasos de distancia, sin saber muy bien qué hacer. La muchacha, con un movimiento experto fruto de la experiencia, mientras observaba traviesa mi semblante a la espera de saborear mi reacción, dejó caer la capa lentamente de un hombro, descubriendo uno de sus turgentes y grandiosos senos. Aquella imagen, esculpida por la tenue luz de la antorcha, no podía ser sino de la mismísima Yirdra, diosa de la fecundidad. Lo que ocurrió a continuación podría describirse como una coyunda salvaje recibida de buena gana. No voy a mentir, fue todo bastante rápido. Pero tampoco os engaño al decir que ella quedó tan encantada, y yo estaba tan deseoso, que volvimos a disfrutar de nuestros cuerpos hasta cuatro veces más durante esa misma noche. A diferencia de la primera vez, fue ella quien tomó las riendas durante el resto de coitos, haciéndome descubrir placeres prohibidos a través de una lección magistral de sexo en estado puro. –"¡Auuuuuuu!, ¡Au, au, auuuuuu!" –aulló el hermano Lass, de los Colmillos Largos, provocando las risas entre los muchachos de la jauría y el resto de personas que se hallaban en torno a la hoguera–. "Ésta es la parte de la historia que más me gusta, sacerdote" –dijo alegre antes de dar un buen trago a su jarra de mjod. –"¿Y qué más pasó?". "Sí, por favor continúa sacerdote" –dijeron un par de Exploradores que no conocían el resto de la historia. A partir de entonces mi vida cambió. Ya no me importaba ser un marginado y que la gente del pueblo pensara que estaba maldito. Tenía a Erik y a Brunhilda, no necesitaba nada más. Fueron los años más felices de mi vida como humano. Brunhilda me había pedido que nadie se enterase de lo nuestro. Seguía acostándose con otros mozos del pueblo, pero a mí no me importaba, pues yo la amaba y estaba claro desde el principio que era una mujer insaciable. A menudo nos reuníamos para fornicar en secreto, disfrutando del placer de transgredir lo tabúes de mi maldición. Yo sabía que nadie más podía saciar sus vicios más oscuros. Pero estos años felices llegaron a su fin de forma inesperada para mí, como un alud de nieve. No muy lejos de casa, Erik y yo nos encontrábamos meditando entre las raíces del pinsapo cuando escuchamos gritos que provenían del poblado. Nos estaban atacando. Las relaciones entre los clanes se habían tensado desde hacía un tiempo y, por fin, el clan del Hacha y la Espada había decidido asaltar nuestra pequeña aldea. Corrimos hacia el pueblo, blandiendo nuestras espadas –"¡El grimorio! ¡Debemos salvarlo como sea!" –decía mi maestro, preocupado mientras nos acercábamos. Cuando llegamos, todo se había perdido: las casas estaban en llamas, el suelo sembrado con los cadáveres de nuestros vecinos, los enemigos campando a sus anchas y saqueándolo todo. Varios de esos cerdos nos cortaron el paso. Erik y yo luchamos con valor, pero eran demasiados. Conseguimos derrotar a los tres primeros y también a los seis siguientes. Les lanzamos bombas, clavamos nuestras espadas en sus cuerpos e incluso usamos el poder de los espíritus para eliminarlos. Mientras luchábamos contra varios hombres más, el jefe enemigo apareció por sorpresa y atacó a Erik por el flanco izquierdo con la velocidad del viento. El maestro no vio venir el golpe, pues su ojo izquierdo, azul, sólo era capaz de ver a los espíritus. El mandoble le arrancó la cabeza de cuajo, cayendo ésta a mis pies. Cuando la miré horrorizado, vi que mi padre me hablaba en silencio por última vez. Pude leer sus labios: el grimorio, sálvalo. Una resolución implacable se apoderó de mi ser. Salí corriendo cual zorro por detrás de una caseta, sorprendiendo a mis enemigos. Éstos me persiguieron, pero yo era más rápido y conocía mejor el pueblo. Conseguí llegar a mi casa, que estaba ardiendo. Entré sin pensarlo. Habían saqueado todo, pero me aferré a la esperanza de que no hubiesen descubierto el compartimento secreto. Así era. Al abrirlo, encontré dentro el Grimorio de la Brujería, lo cogí y me dispuse a salir del edificio en llamas. Pero era demasiado tarde: mis perseguidores ya habían llegado y esperaban, rodeando la casa, a ver cómo me quemaba. No tenía más bombas y ya había drenado toda mi energía espiritual. No había la menor posibilidad de sobrevivir. Era irónico, pensé, que habiéndome salvado milagrosamente de la muerte en la hoguera cuando no era más que un recién nacido, ahora fuese a morir calcinado habiendo entrado voluntariamente en un incendio. El tiempo se terminaba y no sabía qué hacer. Estaba a punto de salir a la carga para morir con honor cuando la vi: la pócima del maestro, oculta en una esquina del compartimento secreto. Me la bebí de un trago y casi la vomité; sabía como un puré de gusanos licuado a base de orín de gnorm. Esperaba que me otorgase una fuerza inhumana o la capacidad de lanzar rayos por los ojos, pero su efecto fue mucho más útil. Noté una energía que se canalizaba a través de mi mente y sentí que la cabeza me iba a explotar. Cerré los ojos por el dolor, sólo para ver que mi cuerpo había desaparecido tras abrirlos, ya superado el trance. Era invisible. No sabía cuánto tiempo duraría el efecto, así que salí corriendo, grimorio en mano, apartando a los desprevenidos enemigos de un empujón. Fui directamente al hogar de Brunhilda. Desconocía si seguiría con vida, pero no podía marcharme sin comprobarlo. Por el camino pasé junto a la casa del jefe, y pude ver cómo esos desalmados cocinaban a Jon vivo en el espetón donde asábamos los animales para las fiestas. Sus gritos y los llantos desgarradores de su esposa e hijos, obligados a contemplar el vil espectáculo, me helaron la sangre. Se decía que los bárbaros del clan del Hacha y la Espada practicaban el canibalismo, pero ni la más truculenta imaginación podría haber presagiado tan sádico ritual. Cuando llegué a casa de mi amada, había varios hombres en la entrada. Me acerqué al tragaluz mientras escuchaba los jadeos de Brunhilda, que sin duda estaba siendo violada. Me asomé y allí estaba, en el lecho, apoyada sobre manos y rodillas, de cara a la ventana, siendo tomada por uno de esos bastardos. La mirada indescifrable de la joven me atravesó, pues no podía verme. Sólo entonces me percaté de que todos los sujetos allí reunidos la habían montado ya, o esperaban impacientes su turno para hacerlo. Alargué un brazo al tiempo que gritaba su nombre. Brunhilda extendió su mano hacia mi voz, palpando el aire afanosamente. La cogí y tiré de ella, pero aquel malnacido la agarraba con fuerza por las ancas. –"¡Bruja!" –dijo confundido, al tiempo que desenfundaba su cuchillo y se lo clavaba a mi amada en la espalda. Ella se arqueó, dejando escapar un grito ahogado de dolor. Su mirada incrédula traspasó mi espíritu. Había sido por mi culpa, no debí haberme precipitado. Inundado por la ira, entré en la cabaña de un salto, empujando al desaprensivo, quien balbuceaba y miraba con ojos deorbitados, buscando en vano la muerte invisible que se cernía sobre él. Desenvainé una de mis espadas. El sonido del filo rozando la vaina, demasiado familiar para aquel guerrero, dibujó en su cara una mueca de horror que casi movía a la compasión... Casi. Agarré la hoja a dos manos. –"Ella no es la bruja. Yo... soy… ¡¡¡EL BRUJO!!!". –El salvaje golpe lo partió en dos, desde la maldita cabeza hasta la sucia entrepierna. Varios enemigos armados irrumpieron en la habitación. –"¡Por la ventana, ha escapado por la ventana!" –dijo uno, tras lo que salieron corriendo. Me acerqué a mi querida, llorando de pena y rabia. Saqué el puñal de su cuerpo y la estreché con cuidado entre mis brazos. –"Brunhilda, soy yo, Heimdal. Perdóname". –"Heimdal, te quiero" –respondió ella. Jamás en la vida me habían dicho algo así. La besé con ternura–. "Yo también te quiero, Brunhilda" –dije al abrir mis ojos, pero no llegó a oírme, puesto que ya había exhalado su último aliento. Me habría llevado su cadáver para honrarla como se merecía, pero me hubieran descubierto. La dejé desnuda, boca arriba sobre el lecho. Con mis últimas energías apelé a los espíritus y logré conjurar Fuego sobre ella, quedando así envuelta por las llamas purificadoras. Mientras observaba exhausto cómo su cuerpo se consumía, pronuncié un breve rezo a las valquirias para encomendarles su alma. Salí de la casa desorientado y agotado. Todo el mundo que conocía había desaparecido ante mis ojos y no había podido hacer nada. Note cómo me fallaban las fuerzas, las piernas casi no me respondían, me sentía aturdido. Además, el efecto de la poción se estaba agotando, pues la invisibilidad comenzaba a fallar. Sin duda el Emperador guió mis pasos, pues ningún enemigo se percató de mi presencia. Me topé con la cabeza de mi padre bajo los pies, de pura casualidad. Su visión me devolvió la conciencia. Agarré la blanca cabellera de Erik y me llevé su testuz. Monté en el primer caballo que encontré y me alejé al galope de aquel infierno. Me dirigí hacia Mordak, la ciudad portuaria de la que tanto había oído hablar, atravesando el paso de la Garganta del Lobo. Ya en lo alto, me giré para despedirme de la tierra donde nací. Mi pueblo, Oldwood, había quedado reducido a ruinas y humo. Mi maldición se perdió con él. Estaba helado, no había podido coger abrigo y allí arriba el frío me calaba hasta los huesos. Todavía quedaba un buen trecho a través de la tierra yerma, por lo que intenté prepararme lo mejor que pude: abrí las alforjas del corcel y encontré una manta de piel de wirgen y una tableta de turrón blando de medio kilo. Me puse la frazada sobre los hombros y devoré el dulce apelmazado de cuatro bocados. Antes de partir, me acerqué a la falda de la montaña, excavé un hoyo y metí dentro la cabeza del maestro. Recité la Canción del Brujo y protegí el lugar con runas mágicas que dibujé en el frío nevazo. –"Ahora yo soy el brujo" –pensé. Monté a lomos del caballo y continué mi camino. Heimdal hizo una pausa larga y ensayada. Suspiró profundamente, saboreando las miradas expectantes de los reunidos en torno al fuego. Los primeros años que pasé en Mordak fueron grises como la nieve sucia. Me entregué al alcohol, el juego y las prostitutas, intentando enterrar los malos recuerdos de mi pasado. Sobrevivía como buenamente podía, sobre todo preparando ungüentos milagrosos para el reúma y pociones para evitar el mal de ojo, además de leer el futuro y contactar con los ancestros de quien estaba lo bastante desesperado para pagarme. La parte buena de vivir en la ciudad era que ya no pesaba sobre mí la maldición de Wulfen, con lo que pude relacionarme con normalidad y descubrí lo que significaba tener amigos. Con el paso del tiempo me enderecé. Retomé la vía del brujo y profundicé en sus oscuros misterios, estudiando a fondo el Grimorio de la Brujería. Me dediqué a instruir a quien quisiera aprender la vía de las dos espadas, siempre por un precio razonable. Además, comencé a elaborar diversos tipos de pócimas y bálsamos de buena calidad y aún mejor precio. Tanto es así que, al cabo del tiempo, llegué a un acuerdo con un viejo comerciante, y mis productos comenzaron a venderse en el mercado de la ciudad. Fueron unos buenos años que me sirvieron para madurar. Pero aquella vida no me llenaba. Sentía que debía servir a un propósito más elevado. Comencé a interesarme por encontrar a otros como yo. Contacté con profetas, magos y curanderos, pero no hallé las respuestas que buscaba. Sin embargo sí encontré la pista que me llevaría hacia mi verdadero destino: un loco iluminado me aseguró que los Ángeles de la Muerte descenderían de los cielos para llevarse con ellos a los elegidos. Según los augurios, la llegada de los serafines tendría lugar en Silverion, la gran ciudad, en el plazo de un mes. El asunto me pareció interesante y no tenía nada que perder, así que me embarqué en un navío que zarpaba hacia esa villa. Al preguntar por la leyenda, los marinos se sorprendieron, pues nadie conocía mi nombre y sólo los guerreros más célebres se enfrentaban a las pruebas de los Lobos Espaciales. Yo no entendía bien qué significaban aquellos misterios ni quiénes eran esos individuos, pero asistí a la cita dispuesto a descubrirlo. Cuando un misterioso hombre de toga gris, con una mirada ausente y un extraño papiro brillante en las manos, estaba a punto de rechazarme sin contemplaciones, otro enorme, oculto bajo pieles de lobo que en su cuerpo parecían no más que zorros, permitió mi paso a la arena. Me desnudaron, me dieron una espada y me pusieron frente a un gigante en taparrabos. Medía más de dos metros de altura, debía de pesar dos quintales largos, portaba una espada enorme, y tenía garras y colmillos como una bestia salvaje. Luché contra el coloso con todas mis fuerzas, pero no lograba vencerlo. Tras un rato aquella mole apenas jadeaba, pero yo, en cambio, empezaba a quedarme sin fuerzas. De pronto, como si se hubiera decidido, con un movimiento de una rapidez y agilidad increíbles para un hombre de su tamaño, el titán esquivó mi último ataque y me alcanzó con el canto de su espada en el costado. Caí de rodillas al suelo con varias costillas rotas. –"Has sido derrotado. Ahora ríndete" –dijo mi adversario con voz grave, incluso cavernosa. –"Todavía no me has vencido" –repliqué mientras me ponía en pie dolorido. El gigante, tras sonreír de medio lado y soltar un bufido, se lanzó al ataque con la intención de noquearme definitivamente. Yo esperé hasta el último momento y entonces conjuré Aire. El potente choque telequinético desestabilizó a mi rival, haciéndole fallar el golpe. Tratándose la prueba de un duelo a espada, yo había intentado evitar el uso de los espíritus, pero no pensaba dejar que me vencieran sin demostrar de lo que era capaz. –"Ríndete. La próxima vez te abrasaré con fuego" –dije con toda la seguridad que pude reunir. –"¡Ah! Eso será si te dejo alcanzarme" –respondió el coloso sin un atisbo de miedo en sus ojos, listo para atacar de nuevo. –"¡Se acabó el combate!" –zanjó una voz desde lo alto–. "Preparadlo". Mi contrincante bajó su espada, se acercó a mí con dos grandes zancadas y me tendió la mano. Cuando la estreché, pude comprobar que la mía parecía infantil a su lado. –"Buen combate" –dijo él tranquilamente. –"Buen combate" –respondí yo quejumbroso y agotado. Así fue como entré en el Capítulo. –"Pero Heimdal, ¿qué pasa con los caníbales? ¿Siguen sueltos por Fenris?" –preguntó Scar, uno de los Astartes que escuchaba la historia con atención durante la fiesta. –"Tranquilo, joven Garra Sangrienta" –respondió el Sacerdote Rúnico–. "El destino tenía reservado algo especial para aquellos bárbaros". Cuando los Sacerdotes Lobo hubieron inoculado en mi cuerpo la semilla genética de Russ, la Canis Helix, me liberaron en la estepa fenrisiana, como a todos los Lobos Espaciales, para que aprendiera a dominar por mí mismo la verdadera maldición de Wulfen. Es paradójico: cuando ésta era imaginaria, todos me trataban como a un apestado, mientras que ahora, llevándola realmente conmigo, soy uno más entre mis hermanos. Durante aquel retiro intentaba meditar para controlar mis instintos, pero no era suficiente. Cazaba animales con frecuencia, no sólo para comer y cubrirme con sus pieles, sino también para saciar el instinto asesino que se apoderaba de mi ser. Pero seguía sin bastar. Poco a poco me estaba transformando en una bestia y no podía evitarlo. Cuando escapé de Oldwood tras ser destruido, arrastré una pena infinita que pesaba en lo más profundo de mi alma. En Mordak aprendí a superar la tristeza enterrando aquellos dolorosos recuerdos mientras me daba a la mala vida, hasta que finalmente parecía haber olvidado todo por completo. Mas no era así. A medida que me transformaba en lobo, sin ser consciente, fui desplazándome hacia el territorio del clan del Hacha y la Espada. Cuando llegué a la zona, prácticamente me había convertido en un animal salvaje. Curiosamente, los recuerdos de lo sucedido en mi pueblo, que creía ya olvidados, eran lo último de humano que me quedaba entonces. Me aferré a ellos lo más fuerte que pude para conservar mi humanidad, lo que me sumió en un estado de ira desatada. Podía oírlos, podía olerlos. Al anochecer llegué a lo alto de una colina y observé. Allí estaban, celebrando una fiesta, todo el clan reunido. Tenían varias ollas al fuego donde hervían a personas vivas. Otras se retorcían en parrillas donde estaban siendo asadas. Desde unas jaulas de madera, los cautivos aguardaban su turno para ser guisados, contemplando y escuchando aquel horror con caras retorcidas por el espanto. A pesar del estado embrutecido en el que me hallaba, todavía hoy recuerdo la impresión de tal visión. Los miembros del clan del Hacha y la Espada bailaban, reían, bebían y comían carne humana mientras disfrutaban del espectáculo. Debían de haber invadido algún pequeño pueblo cercano, como hicieron con el mío antaño… Esto era lo que ocurría a sus víctimas, esto fue lo que sufrieron los niños y mujeres inocentes de Oldwood. Bajé por la ladera de la colina corriendo a cuatro patas, gruñendo y babeando como un perro rabioso. Cuando llegué abajo… Los maté a todos… Hombres, mujeres, jóvenes, ancianos… Todos ellos… No dejé a uno solo con vida. El clan del Hacha y la Espada dejó de existir para siempre después de aquella noche sangrienta. A su jefe, el hombre que había asesinado a mi mentor, lo maté el último. Me lo comí vivo comenzando por sus entrañas, mientras gritaba y suplicaba horrorizado. Finalmente liberé a los presos y volví a subir colina arriba. Cuando los supervivientes miraron a lo alto pudieron ver, recortada contra la luna llena, la silueta de un enorme lobo aullando a las estrellas. Después de aquella noche, poco a poco fui volviendo a mi ser. Una vez recuperada mi humanidad, me dirigí hacia el paso de la Garganta del Lobo. Quería presentar mis respetos al maestro. Desde que pasara por primera vez, no había regresado a aquel lugar. Al llegar sentí la energía manando de las runas de protección que yo mismo había grabado. Me arrodillé y recité una vez más la Canción del Brujo. Entonces una idea me vino a la cabeza: había escuchado que los Sacerdotes de Hierro podían rescatar la mente de los muertos mediante algún tipo de nigromancia, dando a sus espíritus una última oportunidad de servir al Imperio. Sin pensarlo dos veces excavé en la nieve, extraje un bloque de hielo que contenía el cráneo de Erik y lo cargué en un saco. Antes de partir hacia El Colmillo, miré hacia las ruinas de Oldwood por última vez. En esta ocasión no me despedía sólo de la tierra que me vio nacer, sino también de mi vida como simple humano. Ahora era… Un Marine Espacial. La voz de Heimdal se quebró por un instante al finalizar su relato. Eran pocas las veces que había contado la historia completa. El Guardián del Lobo Wudbig se levantó entonces y tomó la palabra. –"Tras varios siglos de servicio, el hermano Erikson ha tenido una visión: el Sagrado Emperador le ha asignado una nueva misión con los Guardianes de la Muerte. Sólo los más duros hijos de puta son llamados a formar parte de sus filas. Russ puede estar orgulloso". –Hizo una pausa para mirar al Sacerdote Rúnico a los ojos y continuó–. "Nuestro amigo Heimdal partirá mañana hacia su nuevo destino, hagamos que se divierta esta noche. ¡Por el brujo!" –gritó Wudbig mientras elevaba su jarra de mjod–. "¡Por el brujo!" –vitorearon el resto de los hombres y mujeres allí reunidos, alzando juntos sus copas antes de beber. La música comenzó a sonar y la gente se levanto para charlar, bailar, jugar a los dados o ir en busca de más comida y bebida. Scar y otros jóvenes se acercaron al sacerdote para felicitarlo por la historia y preguntar algún detalle adicional. Al rato, el hermano Lass hizo un gesto al brujo para que se acercase. Heimdal se aproximó, sentándose junto a su compañero. –"¿Cuántas de esas jarras te has bebido ya, viejo zorro?" –pregunto Erikson. –"Seguro que menos que tú, perro rabioso" –replicó el veterano, provocando la risa de ambos–. "Hay alguien que te quiere conocer" –dijo después, mostrando sus largos colmillos con una sonrisa. El brujo sintió cómo unos hermosos pechos se aplastaban suavemente contra su hombro. Notó que unos cabellos rizados y dorados como el trigo le acariciaban la mejilla. Sintió el aroma de la mujer. Giró la cabeza y sus caras quedaron enfrentadas a poca distancia. –"¿Quieres más hidromiel Heimdal?" –preguntó la chica, que sostenía una gran jarra en sus manos. Sus ojos eran azules como los lagos de Undvig, su sonrisa blanca como la cima del monte Abatoth. –"Sí, gracias muchacha" –respondió el sacerdote. Ella rió suavemente y comenzó a llenar la jarra del Astartes con delicadeza–. "¿Cómo te llamas, bella dama?" –interpeló el brujo. –"Brunhilda" –dijo la joven guiñándole un ojo. Erikson sonrió y miró de soslayo a los muchachos que intentaban disimular las risas. Sin duda habían preparado aquella sorpresa para él. Seguro que ha sido idea de Lass, se dijo para sus adentros. Recordó haber visto a aquella mujer antes, cerca de la hoguera. Su parecido con Brunhilda era evidente. –"¿Cómo es posible que estés viva, amada mía?" –pronunció Heimdal teatralmente, dirigiendo nuevamente su mirada a la moza–. "¡Yo mismo vi con estos ojos cómo tu cuerpo ardía! ¿O acaso estoy siendo víctima de un embrujo?" –continuó, provocando el alborozo de todos. –"No se trata de un engaño, mi amor" –dijo ella cuando las risas hubieron cesado–. "Ha sido la diosa Yirdra, que me ha concedido mi más ansiado deseo: poder estar una noche más a tu lado" –terminó de explicar la muchacha con una buena interpretación. Erikson soltó una sonora carcajada y todos rieron abiertamente con él. Pasó su brazo por detrás de la mujer y agarró firmemente su delicada cintura. –"Siéntate conmigo pues Brunhilda y disfrutemos juntos de esta mágica noche" – dijo, invitándola con un gesto a sentarse sobre su rodilla. Al día siguiente el psíquico partiría, con determinación, hacia un destino incierto para enfrentar los más oscuros horrores xeno que esconde la galaxia. Pero esa noche era su fiesta de despedida y pensaba disfrutarla al máximo.
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