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  • La Casa de los Músicos
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  • Si caminas en la oscuridad, dígase, una calle casi abandonada, solitaria, donde nadie transcurre, toda luz apagada en los edificios y las tristes farolas alumbrando opacamente las sombras tenebrosas que te rodean… Ningún alma es tan valiente para estar allí a tan entrada la noche, como lo hizo este joven, que tras salir del lugar donde había tenido una pelea, huyó para evitar ser golpeado brutalmente por unos matones, escapando así a aquel desolador lugar… - ¿Eh, disculpa? ¿Podrías decirme donde me encuentro? Tengo que… - se cayó al ver que la chica ni siquiera había volteado a verle.
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  • Si caminas en la oscuridad, dígase, una calle casi abandonada, solitaria, donde nadie transcurre, toda luz apagada en los edificios y las tristes farolas alumbrando opacamente las sombras tenebrosas que te rodean… Ningún alma es tan valiente para estar allí a tan entrada la noche, como lo hizo este joven, que tras salir del lugar donde había tenido una pelea, huyó para evitar ser golpeado brutalmente por unos matones, escapando así a aquel desolador lugar… Adam Lewis era su nombre. Londres era hermoso a esas horas, pero no aquel lugar; la oscuridad y las sombras hundían toda esperanza de vida. No sabía donde estaba, sólo sabía que no podría ser nada bueno tanto silencio… Caminó sin rumbo por un largo rato, el frío calaba sus huesos, la niebla tan espesa no le permitía ver más allá de su nariz, sin contar las copas de alcohol que llevaba encima, las cuales le provocaban un torpe andar. El viento soplaba, y sorpresivamente llevó el sonido de una flauta a sus oídos… Adam levantó la cabeza, dejando de ver donde iban sus pies; tampoco estaba tan ebrio como para creer que había sido su imaginación. Caminó apresurado hasta un edificio que estaba completamente derrumbado, sólo eran ruinas. En su interior alumbraba una débil luz, parecía ser una vela o algo así, y al no poder seguir caminando debido a la fatiga y el frío, ingresó a la edificación, en busca de alguien que le pudiera ayudar a regresar a su hogar. Apenas entró llegó a la fuente de luz, y había acertado, era una vela, pero casi extinta. Miró a su alrededor y notó que el lugar era mucho más grande de lo que parecía desde el exterior, y que pese a su deterioro, las escaleras estaban completas y daban paso a lo que parecía ser el segundo piso de una casa común y corriente. Sin miedo alguno puso un pie en la escalera, pero se detuvo al volver a escuchar el sonido de la flauta… Retrocedió y siguió el sonido hasta lo que antiguamente puso der una cocina. Allí, en una biga desvencijada y oxidada, una chica yacía sentada, tocando el instrumento… - ¿Eh, disculpa? ¿Podrías decirme donde me encuentro? Tengo que… - se cayó al ver que la chica ni siquiera había volteado a verle. La muchacha seguía tocando, calmada. La melodía producida podía considerarse hermosa, pero para Adam era horrible, no porque estuviera mal tocada, si no por lo tétrico de su composición, parecía parte de una marcha fúnebre o algo similar. La joven dejó de tocar de improviso y miró con odio al chico perdido. Sus ojos eran extraños, oscuros, sin expresión… Los labios de ella se movían, pero no salió ningún sonido. Adam le volvió a preguntar el nombre de la calle, pero en lugar de una respuesta, obtuvo una frase que le heló la sangre - Si te encuentras aquí cuando amanezca, jamás podrás volver a tu hogar… - su voz al fin podía oírse, pero era tan débil, que el chico debió codificar cada sonido para comprender lo que decía Adam se alejó de ella, creyendo que quizás sería una vagabunda loca que no sabía siquiera donde estaba parada, aunque debía admitir que si era así, debió de tener un pasado muy predilecto, ya que no cualquiera puede aprender a tocar así. Se dirigió nuevamente a la escalera, pero apenas llegó a la sala creyó perder todo uso de razón: la sala era una lugar hermoso, completamente iluminado por un candelabro de cristal con velas, sofás de cuero negro posicionados alrededor de una alfombra de oso grizzli, que permanecía junto a una chimenea encendida. Caminó hasta esta para ver si realmente no era su imaginación lo que veía, y al sentir el calor de las rojas llamas, se preguntó si ese era el mismo lugar al que había entrado en un principio. Sus pensamientos fueron cortados de cuajo por el sonido de algún piano… Volteó y vio junto a las escaleras tres pianos distintos: uno común, negro y de cola, un órgano, y otro más pequeño que no le llamó la atención. Tocó las teclas del piano, y el sonido no era como él había oído recién, luego el órgano, y lo mismo, y cuando se dio la vuelta para tocar el piano mas pequeño, lo oyó estallar en la misma melodía que la chica de la flauta tocaba. No había nadie sentado allí, pero en la milésima de segundo que Adam tardó en restregar sus ojos, un joven vestido de gala estaba sentado en la banquita frente a ese instrumento… Sus ojos, al igual que los de la joven, no tenían emoción, como si aquella melodía fuera la que les arrebatara el alma que se refleja en los ojos de la humanidad. El joven dejó de tocar y volteó hasta el chico, con una falsa sonrisa en sus labios… - Este es un trino. Esta melodía esta compuesta con notas que antiguamente se consideraban malignas, por eso te da miedo… - y como había aparecido, desapareció en un simple parpadeo. Adam creía que todo era cosa de su imaginación, que el agotamiento que sentía se le había subido a la cabeza junto con los tragos. Caminó unos pasos en reversa para volver a la chimenea y mantenerse caliente, pero cuando dio la vuelta completa, el terror le inundó: todo era tal cual como cuando él entró… Se volvió a las escaleras y los pianos también habían desaparecido. Ya más nervioso, subió definitivamente las escaleras, para sólo terminar oyendo nuevamente esa melodía en algo que parecía ser una guitarra… Abrió la puerta de la cual venía el sonido y vio que la misma joven que tocaba la flauta, tocaba ahora un arpa color dorado… - Oye… - dijo Adam débilmente. - ¿Qué se le ofrece? – dijo ella con acento francés; su rostro parecía en paz, pero algo en ella le aterró al pobre chico, aunque no pudo distinguir que. - ¿Ahora si me dirás como puedo salir de aquí? - Lo siento - dijo ella – Pero yo a usted no le conozco, monsieur Adam lo pensó unos segundos. Pese al parecido físico, su voz no sonaba parecida en nada, sin contar de por lo que se hacía notar, ella parecía ser francesa. El chico salió de la habitación y decidido a bajar las escaleras, tropezó con algo… Se levantó furioso y a ojos cerrados lo pateó, provocando un eco metálico que le molestó. Abrió los ojos y se dio cuenta de que era un saxofón. Sintió peso sobre su hombro y volteó… Un chico de ojos blancos le miraba fijamente, como si quisiera golpearlo… - ¿Era tuyo? Discúlpame, no lo vi… - Alguien como tú no debe estar aquí – dijo el joven de ojos blancos empujándolo escalera abajo Adam estrelló su cara contra el azulejo del primer piso. Cuando se levantó, se palpó la nariz, la cual le sangraba a borbotones. Se puso de pie decidido de irse, cuando un sonido muy fuerte le llegó a los oídos… No parecía un instrumento, pero sin duda era aquella melodía que sin saber porque, se le hacía tan familiar, y ahora le causaba tanto placer oír… ¿Esperen? ¿Desde cuando le gustaba? Caminó hasta una puerta que daba al patio… Sólo pudo ver unos ojos amarillos incandescentes en plena oscuridad. Fuera quien fuera el que poseía aquellos ojos, respiraba aquella melodía… Adam sin miedo, el cual se le había ido después del golpe, caminó hasta el ser de los ojos amarillos y posó su mano en este. El boletín de noticias en la televisión anunciaba algo terrible: otro desaparecido. Adam Lewis, de sólo 17 años, no llegó a su casa después de una fiesta que tuvo con sus amigos. Lleva un mes desaparecido, y aunque les duela admitirlo, su familia ya había perdido toda esperanza de encontrarle con vida. Pese a ello, la policía estaba haciendo sus mejores esfuerzos para encontrarle. Pasaron otras dos semanas, y en la madrugada del 7 de Enero, bajo un montón de nieve, le encontraron. La policía dio aviso inmediatamente a la familia que fuera a verlo al hospital. Él estaba sentado en la camilla, tarareando una melodía que ninguno de sus familiares reconoció. Algo le había pasado a su conciencia, o a su razonamiento. Lo único que hacía día y noche era cantar esa melodía encerrado en el cuarto acolchado que le habían dado en el manicomio. Mientras, en aquel edificio, es misma noche en que lo encontraron, otro chico entró, y con lo primero que se encontró fue con un chico tocando en guitarra una horrenda melodía, sentado a los pies de la escalera. Él parecía tener una leve sonrisa, pese a no tener ojos que expresaran lo que sentía… Él ahora amaba… Había seducido por el demonio de la música. Autora: Hitomi-chan666 Categoría:Música Categoría:Lugares
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