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| - Frika Terminus era un destino deplorable, un mundo apagado y frío, muerto. Toda naturaleza estaba podrida sobre su superficie. Los pocos árboles y plantas que no habían sido atomizados estaban secos y muertos, y de la fauna local no quedaban más que incontables huesos esparcidos por el suelo, erosionado y ajado, de tierra vitrificada. El holocausto nuclear que el mundo había sufrido durante una guerra civil casi un siglo atrás había dado muerte a un mundo hermoso, vibrante y densamente poblado, con una cultura rica y un pieblo fiel al Trono y al Imperio. Pero sólo quedaban cenizas. Empero, Frika Terminus seguía sirviendo al Imperio aún en la muerte, un ejemplo encomiable y digno de honor. Valiosos minerales se escondían en el interior del mundo, y los mineros que los explotaban vivían en estaciones orbitales, pues vivir en la superficie era tan desolador que podía causar daños psicológicos. Comprendí aquellos a la perfección cuando mis pies pisaron el maltratado suelo frikano. Los orkos habían asaltado la colonia minera seis meses atrás, y campaban a sus anchas por la superficie destrozada de Frika Terminus, habiéndose establecido en un puñado de asentamientos desde donde extraían los mismos minerales que el Imperio había estado explotando antes que ellos. Habíamos eliminado aquellos asentamientos en tres días. Tres días de combates y desplazamientos constantes, que habían drenado hasta la última gota de nuestras fuerzas. Como Astartes del Emperador no conocemos el miedo, pero sí la extenuación. La Guardia Imperial se ocupaba en aquellos momentos de patrullar el planeta y rastrear los restos de las bandas orkas para aislarlas y eliminarlas. Valientes, pero afortunados, llegaron cuando la quinta Compañía ya había hecho la peor parte del trabajo. No importaba. Me sentía satisfecho de haberles ahorrado aquel horror. Estábamos descansando en un campamento improvisado en una colina donde teníamos una buena línea de visión y una posición fácilmente defendible, sólo por si acaso. Draikan, el apotecario de mi compañía, estaba encargándose de los hermanos Vorofell, Endor y Satramos, que habían resultado heridos durante el último y frenético combate. El resto de la compañía estaba esparcida por toda la colina, descansando y revisando su equipo en pequeños grupos mientras esperábamos a las Thunderhawk para la extracción. Xos Garabian, tecnomarine tertiarius asignado a la Compañía, se estaba encargando del mantenimiento de los vehículos del destacamento junto a sus servidores. En ese momento estaba trabajando en las orugas del Predator Furia, que había resultado seriamente dañado. Como de costumbre, la escuadra Naginata se había presentado voluntaria para hacer la guardia. No les negué el honor, eran centinelas avisapados y eficaces...y buenos tiradores. Kharesias Iloros, codiciario de la Compañía, estaba con ellos, barriendo psíquicamente la zona para asegurarse de que ningún xeno rondaba cerca, posibilidad harto improbable. La escuadra Kaledor estaba practicando ejercicios de esgrima con la escuadra Secutor, supervisados por Adrius, sargento veterano y uno de mis más estimados hermanos de batalla. Yo estaba sentado contra el Rhino de mando de la Compañía, Caesar, descansano mi agotado y dolorido cuerpo, pues había recibido varios desafortunados impactos de proyectil, algunos de los cuales se habían abierto camino a a través de los puntos flacos de mi servoarmadura. Sentía un dolor desgarrador en la pierna derecha cada vez que me ponía en pie. Tardaría poco en cicatrizar y regenerarme, pero mientras tanto, el dolor lo sufría igual. Lucio Sempiter, mi portaestandarte, se mantenía en el centro del campamento, estoico e imponente, con ambas manos asiendo el asta del estandarte de la Compañía, bastante castigado por el paso de las batallas. Junto a mí estaban Irok Seghatan, Leon Czystac y Fahajad Al-eroni, miembros de la escuadra de mando y hermanos de batalla veteranos. Irok, individuo cínico, amargo y de malas costumbres, estaba en esos momentos apurando una cantimplora de fenrisiana. Si no había aplicado ya ninguna sanción sobre él, era porque era tan leal como el que más, y uno de los mejores tiradores de todo el Capítulo. Había pocos Martillos de Wikia a los que les agradara, y, extrañamente, yo era uno de ellos. Leon estaba sentado a mi izquierda, con su martillo trueno descansando a sus pies, sobre el suelo. Tenía la cabeza ligeramente echada hacia un lado, y no se había quitado el casco. Llevaba un buen rato dormido. Lucio, a mi derecha, apoyaba su brazo izquierdo sobre la rodilla correspondiente, con la otra mano quieta sobre la hoja de su espada, cuyo mango estaba apoyado sobre su hombrera derecha y su punta ligeramente hundida en el suelo, a la altura de sus pies. Estábamos hablando sobre anécdotas de la Taberna, el lugar de ocio por excelencia del Sello Eterno, la fortaleza capitular. Irok reía secamente con aire ausente de vez en cuando cuando alguna de las historias le hacía gracia. Mientras hablaba con Lucio, saqué una de mis varillas de incienso, un sencillo capricho al que le había cogido gusto desde mi época de hermano de asalto. El agradable aroma que desprendían y su capacidad para relajar los nervios y calmar la adrenalina tras un combate consistían un alivio que agradecía enormemente en momentos como aquel. No obstante, al intentar encender la varilla mi encendedor chisporroteó y murió, sin gas. Maldije en voz baja y arrojé el pequeño artefacto a mis pies, quedándome sentado con la varilla de incienso aún en la boca. - Mire, capitán- Dijo de pronto Lucio, señalando perezosamente colina abajo- La Gloriosa ha llegado. Efectivamente, una columna de la Guardia Imperial marchaba al pie de la colina, montados en camiones, transportes de tropas o marchando a pie en largas hileras. La formación la protegían varios blindados clase Leman Russ, que protegían los flancos y la retaguardia. La vanguardia estaba ocupada por una punta de lanza de una docena de bípodes de exploración Sentinel, que marchaban muy por delante de los primeros transportes de tropas. Sin pensármelo dos veces, me puse trabajosamente en pie valiéndome de Carmesí, mi espada sierra, y eché a andar colina abajo. Dónde había guardias imperiales, había cantidades industriales de iho. Lucio se levantó también y me siguió unos cuantos pasos por detrás, caminando pausadamente. Al ver cómo nos acercábamos, los soldados nos miraron con los ojos abiertos y expresiones de estupor en sus rostros. Algunos incluso hicieron el signo del aquila sobre sus pechos y comenzaron a rezar. Quizá agradeciendo al Emperador el poder ver a un ángel de la muerte. Irrelevante. Yo sólo iba a pedir fuego. Me acerqué a uno de los guardias imperiales que más cerca tenía, uno que cargaba con un lanzallamas conectado a un depósito de combustible que llevaba a la espalda, a la altura de los riñones. Se salió de la fila cuando le hice un gesto. - Saludos, soldado- Hice el signo del aquila para saludarle. Él respondió atropelladamente, dejando su arma colgando de su hombro por la correa. Me señalé la varilla de incienso que tenía en la boca- ¿Podrías encederme esto? El hombre miró su lanzallamas y después mi varilla de incienso. Una cómica expresión cruzó su rostro. - ¿Pero los Astartes fumáis?- Titubeó. Señor. - Algunos- Fue la respuesta. Tras encogerse de hombros, el guardia imperial levantó su lanzallamas, con la llama piloto activada y bailoteando. Acerqué mi cara y prendí la varilla de incienso. Agradecí el gesto con un cabeceo. - ¿Cuál es tu nombre, soldado?- Le pregunté mientras daba una satisfactoria calada. - Varros, señor. - Que el Emperador te proteja, Varros- Le deseé, despidiéndome con una suave palmada sobre su hombro izquierdo. Mientras subía de nuevo la colina, con la pierna ardiéndome de dolor, los lejanos destellos de las Thunderhawk se hicieron visibles en el cielo anaranjado. Categoría:Relatos Martillos de Wikia
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