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| - Fue en el invierno del 39; estábamos todos sentados alrededor de la fogata, contando historias de terror, mientras intentábamos olvidarnos de lo que estaba pasando afuera del refugio, éramos 5, Kiara, Mariana, Eduard, Silvia y yo, Angely. Vivíamos en un orfanato, nuestros padres había muerto en la guerra, bueno, menos los de Kiara, los suyos eran los encargados del orfanato. Cuando Silvia empezó a contar su historia, que era sobre la fábrica de arcoíris, en la que mataban a los seres vivos para crear los colores, cayóuna bomba, y el techo estuvo a punto de derrumbarse, me rompí un brazo. Pero Kiara se unió a nuestra banda de huérfanos; sus padres murieron cuando cayó la bomba. Al día siguiente, tuvimos que irnos de allí; no era una zona segura, el gobierno nos trasladó a un supuesto lugar militar donde estaríamos totalmente “Seguros”. Tenía de todo, escuela, patio, unas hermosas habitaciones, nos trataban como a reyes. Aunque no por mucho tiempo. Durante los primeros dos días, estábamos en el cielo, hasta la noche del tercer día. Uno de nuestros profesores, llamo a Eduard para darle unas clases individuales. Nunca volvió. Nos dijeron que escapo durante la clase, porque estaba asustado de reprobar, pero no le creímos, a veces, pasábamos frente a un laboratorio, preguntábamos cuando entraríamos allí, nos respondieron que pronto, una vez nos asomamos, y vimos gotitas rojas regadas en el piso. La siguiente fue Silvia, esta vez fueron con la excusa de que le detectaron un cáncer en la medula, y cuando intentaron operarla su corazón se paró. Ahí fue cuando yo empecé a investigar a fondo, descubrí katanas, sierras, cuchillos, látigos y extrañas maquinas en un cuarto atrás del salón de astronomía, pero cuando les conté a Mariana y a Kiara, intentaron tranquilizarme diciendo que solo eran armas de guerra. Luego fue Mariana, esa vez seguí al profesor Ukim junto a mi amiga, se metieron al salón de astronomía y siguieron a la habitación que encontré, ella pregunto que harían, lo último que escuche fue el grito ahogado de Mariana, antes de un sonoro golpe en el piso, y un llanto que termino en un zas con una espada. Corrí a nuestra habitación, intente contarle a Kiara, pero ella me ignoraba, estaba demasiado ocupada estudiando para el examen que nunca tendría, el examen en donde moriría. Yo sabía perfectamente lo que estaba pasando, o al menos lo supe, cuando el gran Adolf Hitler fue a visitar la institución, y descubrí que nosotros no éramos los únicos, había amenos unos 20 grupos de chicos huérfanos, originalmente de unos 7 u 8 integrantes, de los que solo quedaban 2 o 3. Nos hablo acerca de un antídoto, una poción acerca de la vida eterna, que nosotros ayudaríamos a crear, con nuestros cerebros, sangre y sudor. Yo fui la única que entendió que lo decía de forma literal, y no como una metáfora. Cada día olía mas a vómito, mo y peste, y el día en el que sabía que me quitarían a mi última amiga, decidí intentar huir con ella. Pensé que me entendería, pero me dijo que era un trauma psicológico generado por la muerte de mis padres. Luego elegí escapar yo sola. Cuando el profesor se llevó a Kiara a su destino final, agarre ropa, comida y un arma, y me dirigí a las ventanas. Afuera estaba extremadamente vigilado, tire una piedra para entretener a los militares, y Salí por la ventana. Sujete el cuchillo, y respire profundo. Empecé el conteo atrás. Tres. Puede que sobreviva, pensé. Dos. Corro rápido, papa me entreno antes de morir, me dije a mi misma. Uno. Es hora. Empecé a correr como alma que lleva el diablo. Pensé que lo lograría, ya que cuando iba a mitad a mitad de camino aún no habían disparado, pero lo dije demasiado pronto, y empezaron a sonar. Pum, pum, pum. Estoy cerca. Pum, pum, pum. Solo 5 metros. Pum, pum, pum Llegue al final, pero había una cerca de unos 10 metros, intente escalar, pero me dispararon en la mano, mire hacia arriba, y estaban ellos, uno me sujeto fuertemente la cabeza. -Que tristeza, la única inteligente aquí no vivirá-Rieron-Si te hubieras quedado, quizás te hubiéramos reclutado, pero ya no, eres una traidora, y morirás, pequeña, ya mátenla. Lo mire a los ojos, y dije, con voz firme. -Kakome, kakome.
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